El síndrome Mari Pili
Se ha llamado el Síndrome de Maripili a las actitudes no conscientes de sabotaje que tienen las mujeres y son la consecuencia del miedo a no ser queridas. El término síndrome de Maripili nació solo, como nacen las palabras cuando necesitan nombrar algo que existe, pero que todavía no se ha identificado. La profesora García Ribas observó que las mujeres universitarias y profesionales manifestaban actitudes que perjudicaban enormemente su desarrollo personal y profesional. Estas actitudes enviaban al entorno un mensaje de insuficiencia, de infantilidad independientemente de la edad y una búsqueda de protección no verbalizada. Toda esta ritualización la calificó de Sindrome de Maripili y tras un seguimiento minucioso de cientos de casos identificó su origen: el miedo de las mujeres a no ser queridas, el miedo a no complacer la expectativas del entorno; en resumen la sumisión como modelo existencial.
Si en otras épocas o en otros países las mujeres tuvieron que vivir en sumisión para obtener la protección masculina, en esta época, el siglo XX y el siglo XXI la sumisión es disfuncional y por lo tanto muy perjudicial para la salud, el poder y la prosperidad de las mujeres. Los modelos de sumisión provocan la pérdida del talento femenino y esta pérdida no es solo para ellas. La sociedad no puede perder el talento de la mitad de su población. Es por ello que surge la necesidad de identificar y modificar la raíz del Sindrome de Maripili.
El círculo perverso
Hemos identificado como circulo perverso a la sucesión de conductas características de las mujeres, que les impiden llegar a SER. En el miedo de las mujeres a no complacer esta el origen del círculo. Este miedo las lleva a la sumisión a los estereotipos. Desean responder a todos los estereotipos que significan la aceptación en todos los entornos. Esto es imposible y si fuera posible lo seria a costa de la identidad de cada una, a costa de la pérdida del poder, la salud y el bienestar de las mujeres. La sumisión a los estereotipos genera culpa. Culpa por no responder a los estereotipos o culpa por no sentirse feliz después del terrible esfuerzo por intentarlo. Y la fase siguiente del círculo perverso es el castigo, porque la culpa encuentra en el castigo su pareja de baile. Las mujeres por sentirnos culpables caminamos hacia el autosabotaje que nos impide los logros que por nuestros méritos deberíamos obtener.
La toma de conciencia del círculo perverso nos permite identificar que pasa y entrar en el proceso de autorización, necesario para el comportamiento estratégico individual y colectivo. El poder de cada mujer dependerá de la toma de conciencia individual del proceso descrito y el inicio del proceso de autorización. Desde la sociedad el compromiso será impedir los mensajes que alientan los miedos de las mujeres. El mercado, atraído por la capacidad de compra de las mujeres profesionales, ha alentado estos miedos.
La impostura
Las mujeres somos una cultura diferenciada y por ello tenemos una manera de ver y una manera de no ver y unos miedos incorporados a esas percepciones. Las mujeres nos colocamos en el mundo con miedo a no ser queridas, con miedo a no ser aceptas y para tratar de evitar el rechazo impostamos nuestra identidad, nuestros deseos, nuestra voz. Nos situamos en la impostura para corresponder en cada momento a “lo que se espera de nosotras”. Tenemos miedo a mostrar nuestra identidad porque la identidad podría suponer el rechazo de aquellos que no pertenecen a nuestro target. Por ello hacemos lo posible por pareceros a lo que en cada momento se nos pide. Ahí la impostura. Por eso deformamos, encogemos, impostamos, en suma nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra identidad, para caber en el pequeño zapatito de cristal en el que entró el pie de Cenicienta para ser elegida por el príncipe quien, naturalmente la redimió de las durezas de la vida. ¿No busca nuestra impostura esa protección? Pero este no es el camino, la impostura es solo la pérdida de identidad y con ella la pérdida de poder. Los impostores, ya se sabe, se ven descubiertos y castigados a la nada. Y eso es lo que nos ocurre a nosotras. Nos impostamos, nos negamos, nos encogemos para complacer, esta es hoy y desde hace siglos nuestra naturaleza, pero la sociedad nos necesita íntegras, poderosas y sanas.
Las mujeres profesionales practicamos tres tipos de impostura. Impostamos nuestra identidad para acercarnos al modelo que creemos más aceptado. Nos impostamos en la mediocridad, en la insignificancia que es el lugar donde no resultamos amenazantes y desde donde, creemos, estamos evitando la agresión.
La segunda impostura es la que nos lleva a imitarles a ellos. En los entornos profesionales los modelos masculinos más radicales son los que alcanzan la cima, entonces tratamos de imitarles. Actuar como un hombre en el lugar de trabajo no puede traerte ningún beneficio, es una impostura y como sabemos el impostor es alguien sin poder que en cualquier momento puede ser desenmascarado.
La tercera impostura es el deseo de responder a como somos vistas las mujeres según la mirada del hombre, esta es la construcción de los estereotipos. Nuestro esfuerzo por responder a esa visión negando nuestros auténticos deseos, niega también nuestra vida y nuestra identidad.
Se trata de identificar la cultura propia de las mujeres y ponerla en valor, y ampliar los espacios que nos atribuyen. Nuestras diferencias con los hombres no las debemos ocultar, al revés ese es nuestro auténtico poder, porque es el poder que da la identidad. Si alguien nos quiere hacer sentir que nuestro comportamiento es equivocado, que es femenino, esta tratando de ponernos en “nuestro lugar”. No hay que morder el anzuelo. Las características femeninas aportan tanto valor a las estructuras empresariales y a la sociedad en general que deben ser reconocidas. En realidad el liderazgo femenino es una tendencia que crea tendencias en el mundo, tanto en la empresa como en la política.